lunes, 28 de octubre de 2013

Microcosmos


Hay lugares que parecen personificar lo que ocurre en el mundo, que tienen una fisonomía que muestra el paso de los años, pero que también los conecta con el futuro y la modernidad, como si fueran máquinas del tiempo que nos revelan lo que fuimos y acaso lo que nos espera. Es lo que ocurre con el barrio del Albayzín, donde vecinos más granadinos que nadie conviven con turistas, intelectuales, románticos y, últimamente, también con ocupas. La Asociación de Vecinos San Idelfonso había denunciado hace meses la ocupación de una urbanización en el barrio, que la concejalía de urbanismo ha recuperado esta semana. Pero ¿la ha recuperado para la sociedad? Antes de la crisis, la Granada histórica ya era el destino favorito de una fauna salida de la saga Mad Max, pero la debacle económica actual parece ser la excusa perfecta para que mucha gente decida vivir fuera de la sociedad, pero curiosamente a costa de ella. Son personas que justifican su apatía con los derechos sociales –la vivienda y la salud, porque a la educación han renunciado-, pero que, sin embargo, no están dispuestas a aportar algo útil, salvo escándalos, borracheras e intimidaciones. Nada que ver con los 172.000 granadinos que actualmente no tienen trabajo, según la EPA (Encuesta de Población Activa), y que podrían ocupar toda una ciudad. Tanto como las cifras, asusta el lenguaje utilizado: población activa, tasa de paro (¡38,5%!) y de actividad, personas ocupadas y desocupadas. La actualidad es un inventario deprimente de cifras, pero entre las noticias de esta semana se contaba la desaparición y feliz hallazgo de Juan Pedro García Ecija, un joven esquizofrénico que vive en uno de los pisos tutelados por la Fundación Pública Andaluza para la Integración Social de Personas con Enfermedad Mental. IDEAL publicaba la foto de un chaval sano, guapo, de ojos intensos, que parecía preguntarle al mundo por su razón de ser. La Asociación Granadina de Familiares y Personas con Enfermedad Mental (Agrafem) denuncia la situación de muchos enfermos mentales, expulsados del sistema sanitario y que viven en la calle. Porque vamos creando clases, marginados, burbujas de personas aisladas dentro de la sociedad, muchas de las cuales no figuran en esas cifras alarmantes que dividen a la gente entre la que trabaja y la que no. Ése debe ser el precio de salir de la recesión, que se anuncia con la euforia propia de los moribundos, que parecen revivir en el último momento. Pero más vale ocuparse que preocuparse. Todo lo contrario a ocupar.
IDEAL (La Cerradura), 27/10/2013

Costa


Al amanecer, el cielo se confunde con el mar en la línea del horizonte. Casi imperceptiblemente, empiezan a perfilarse algunas sombras: manchas alargadas al principio, poco a poco reconocibles como velas oscurecidas sobre el agua, encendidas luego por los primeros rayos de sol que descubren las figuras de los barcos de pesca, que la noche devuelve a la realidad. Las embarcaciones son arrastradas por la arena penosamente, pero junto al cansancio aparece la alegría de la captura: langostas, camarones y corvinas que son expuestos en mesas de madera como en un altar hecho de sudor y sal: el mar que ofrece su sacrificio a la tierra. Porque cada mañana la costa asiste a una nueva creación cuyo ritmo lo marcan los pescadores, pero su oración tiene más que ver con la suerte, las redes y la paciencia, con la fe en encontrar un gran banco de peces que justifique el orgullo y el consuelo del regreso. En la playa, hay un tufo a pescado y una alegría de gaviotas que se lanzan a por las sobras; son tan grandes como buitres, que escenifican la ceremonia de vida y muerte y vida que se reproduce a diario. ¿Hay algo mejor que un desayuno de conchas, marisco y pescado recién capturados? Las profundas arrugas en la cara y el cuello de los pescadores, las manchas del sol en la piel y las cicatrices de las manos hablan de un oficio tan viejo y tan duro como el mundo. Pero los ojos son como el mar en calma: tranquilos y hondos.
El Telégrafo (Zoom del Ecuador), 26/10/2013